Jane Eyre

Jane Eyre

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Yo seguí sin decir palabra. Se inclinó hacia mí y con una mirada pareció sumergirse en mis pensamientos.

—¿Tozuda? —dijo—. Sí, y algo enojada. ¡Y con razón! He expresado mi petición de un modo absurdo, casi insolente. Señorita Eyre, le pido perdón. Lo que sucede es que, de una vez por todas, deseo dejar de tratarla como una inferior, es decir —rectificó—, que la única superioridad que reclamo es la que se deriva del hecho de llevarle veinte años de edad y casi un siglo de experiencia. Es algo legítimo, et j’y tiens,[10] como diría Adèle. Y es en virtud de esa única superioridad que deseo disfrutar de su conversación durante un rato, y tal vez así consiga apartar de mi mente ciertos pensamientos que se empeñan en aferrarse a ella, en horadarme el cerebro como clavos oxidados.

Se había dignado a darme una explicación que casi podía tomarse como una disculpa. Su actitud no me dejó insensible y quise demostrárselo.

—Estoy dispuesta a entretenerlo, señor, si es que puedo. Pero no me veo capaz de proponer un tema, ya que desconozco cuáles son sus intereses. En cambio, si me hace preguntas, estaré encantada de responderlas lo mejor posible.


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