Jane Eyre
Jane Eyre —Y, señorita Eyre, me halagaba tanto la predilección que esa sÃlfide gala demostraba por este gnomo británico que la instalé en un hotel, contraté para ella todo un séquito de sirvientes, le compré un carruaje, cachemires, diamantes y encajes. En resumen, empecé a arruinarme de la forma más clásica: como cualquier otro necio. Al parecer, ni siquiera tuve la originalidad de buscar una nueva vÃa hacia la vergüenza y la destrucción; me limité a recorrer la vieja senda con estúpida exactitud, sin desviarme ni un centÃmetro de la tradición. Y tuve, como merecÃa, el mismo final que los demás necios. Una tarde en que Céline no me esperaba fui a verla, pero ella no estaba. La noche era cálida y el bullicio de las calles de ParÃs me habÃa fatigado, asà que me senté en su habitación, feliz de respirar el mismo aire que ella habÃa consagrado con su presencia. No, exagero, jamás le atribuà la menor virtud mÃstica: era más bien una especie de perfume que ella solÃa usar, una mezcla de ámbar y almizcle que flotaba en el aire, y no olor a santidad. La fragancia de las flores secas y de las esencias era muy penetrante y pronto comencé a marearme, asà que abrà el ventanal y salà al balcón. La noche era serena, hermosa y clara, pues la iluminaban tanto la luna como las farolas encendidas de la calle. Decidà sentarme en una de las sillas del balcón a disfrutar de un cigarro, lo mismo que voy a hacer ahora, si no le molesta.