Jane Eyre

Jane Eyre

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Hizo una pausa en su relato para buscar y encender un cigarro; una vez se lo hubo puesto en los labios, soltó una bocanada de humo de la Habana en aquel aire frío y nublado y prosiguió:

—Los bombones eran otra de mis aficiones de la época, señorita Eyre, así que iba croquant (y perdone la pedantería) confites de chocolate y fumando alternativamente, mientras me distraía con los carruajes que circulaban por la conocida avenida en dirección al teatro cercano, cuando distinguí en medio del brillo de la noche el coche que había regalado a Céline, un elegante carruaje cerrado tirado por dos caballos ingleses. Ella volvía a casa; como es lógico, mi corazón botaba de impaciencia al ritmo de las ruedas del vehículo. Tal y como era de esperar el coche se detuvo frente a la puerta y mi llama (esa es la mejor descripción del enamoramiento en términos de opereta) se prendió. Aunque iba envuelta en una capa, del todo innecesaria dada la suave temperatura de aquella noche de junio, reconocí al instante los pies diminutos que bajaban del carruaje. Inclinado sobre la barandilla, estuve a punto de murmurar, mon ange, en un tono solo perceptible para oídos enamorados, cuando, tras ella, descendió otra figura, también cubierta por una capa. Pero las espuelas de acero resonaban contra el pavimento y la cabeza que se inclinó para cruzar la porte cochère del hotel iba tocada por un sombrero.


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