Jane Eyre
Jane Eyre Algo crujió: había una puerta entreabierta, la de la habitación del señor Rochester, y una nube de humo salía del interior. Ya no pensé en la señora Fairfax, ni en Grace Poole, ni en la risa. En un instante, había entrado en la estancia: lenguas de fuego lamían la cama y engullían las cortinas. En medio del incendio, inconsciente por el humo, yacía inconsciente el señor Rochester.
—¡Despierte! ¡Despierte! —grité.
Lo zarandeé, pero él se limitó a murmurar algo y volverse a dormir: el humo le había atontado. No había un momento que perder: las sábanas empezaban a arder. Corrí hacia el lavabo. Por fortuna, tanto la jofaina como la jarra estaban llenas de agua. Las vacié sobre la cama y sobre su ocupante, volé hacia mi propio cuarto, cogí la jarra y proseguí con aquel bautismo que, gracias a Dios, logró apagar el incendio.
El silbido del fuego al apagarse, la rotura de una jarra que se me escapó de las manos después de vaciarla y, sobre todo, el chorro de agua que le había caído encima, consiguieron espabilar al señor Rochester. Aunque estaba oscuro, supe que había vuelto en sí porque hasta mí llegaba su voz profiriendo juramentos al despertar en medio de un charco de agua.
—¡¿Qué es esto?! ¡¿Una inundación?! —gritaba.