Jane Eyre
Jane Eyre —No, señor —respond×. Pero ha habido un incendio. Levántese, señor, debe estar calado. Le acercaré una vela.
—En nombre de todos los santos de la Cristiandad, ¿es usted, Jane Eyre? —preguntó—. ¿Qué me ha hecho, bruja, hechicera? ¿Quién está con usted? ¿Acaso intentaba ahogarme?
—Sostenga la vela, señor. Y, por amor de Dios, levántese. Alguien ha provocado este fuego, pero ignoro quién ni por qué.
—Bien, ya estoy en pie, pero no me hago responsable de lo que vea si enciende una vela. Espere dos minutos, hasta que encuentre algo seco que ponerme, si es que hay algo seco en toda la habitación… SÃ, aquà está el batÃn. Ahora sà puede ir a por la vela. ¡Venga, dese prisa!
Lo hice. Regresé enseguida con la vela del corredor, todavÃa encendida. Él la cogió de mis manos, la levantó e inspeccionó la cama, chamuscada y ennegrecida, las sábanas húmedas y la alfombra convertida en un lago.
—¿Se puede saber qué es esto? ¿Quién lo hizo? —inquirió.