Jane Eyre

Jane Eyre

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La presencia de ese extraño en la habitación, alguien que no pertenecía a Gateshead y no tenía relación alguna con la señora Reed, me provocó un alivio indescriptible, esa tranquilizadora sensación que te invade al sentirte protegida. Aparté la mirada de Bessie (aunque su presencia me resultaba menos molesta que la de Abbot, por ejemplo) y posé los ojos en el rostro del caballero. No se trataba de un desconocido: era el señor Lloyd, el farmacéutico que acudía a la casa cuando los criados estaban enfermos. Para la señora y sus hijos se requerían siempre los servicios de un médico.

—Bueno, ¿quién soy yo? —preguntó el señor Lloyd.

Pronuncié su nombre al mismo tiempo que le tendía la mano. Él la estrechó y me sonrió.

—Veo que ya estamos mejor —añadió antes de señalarme con un gesto que volviera a tumbarme.

Dirigiéndose a Bessie, ordenó que nadie me molestase durante la noche y se marchó después de dar varias instrucciones más e insinuar que volvería al día siguiente. Su partida volvió a despojarme del sentimiento de protección que me había animado mientras lo tuve sentado junto a la cama. Cuando la puerta se cerró tras él, toda la habitación se oscureció y mi corazón se hundió de nuevo en un abismo de profunda tristeza.

—¿Tiene ganas de dormir un poco, señorita? —preguntó Bessie, solícita.


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