Jane Eyre

Jane Eyre

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Se marchó; vi como la luz desaparecía con él. Cruzó el pasillo casi de puntillas, abrió y cerró la puerta de la escalera haciendo el menor ruido posible, y el rayo de luz se esfumó. Me rodeaba una profunda oscuridad. Presté atención para distinguir algún sonido, pero no oí nada. Transcurrió un buen rato, en el que mi humor fue agriándose cada vez más: pese al abrigo, seguía teniendo frío, y no veía ninguna necesidad de quedarme allí sin decir nada a nadie. Estaba a punto de arriesgarme a desobedecer las órdenes dadas por el señor Rochester cuando volví a ver el reflejo de la luz en la pared del corredor y oí sus pisadas sobre la alfombra. «Espero que sea él —pensé—, y no algo peor.»

Regresó a la habitación con el semblante pálido y consternado.

—Ya he descubierto lo que sucedió —dijo, apoyando la vela en la palmatoria—; ya me lo temía.

—¿Qué, señor?

No respondió, pero se quedó mirando al suelo con los brazos cruzados. Unos minutos después, se dirigió a mí en un tono muy peculiar:

—He olvidado si comentó haber visto algo cuando abrió la puerta de su habitación.

—No vi nada, señor, solo el candelabro en el suelo.

—Pero sí oyó una risa extraña, ¿no es cierto? La había oído antes, supongo…


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