Jane Eyre
Jane Eyre —SÃ, señor. Una de las costureras, una mujer llamada Grace Poole, tiene una risa parecida. Es una mujer muy especial.
—SÃ, Grace Poole. Veo que lo ha adivinado. Como usted acaba de decir, es una mujer especial, muy especial. Bien, meditaré sobre todo esto. Mientras tanto, debo decirle que estoy contento de que sea usted, aparte de mà mismo, la única persona de la casa que está al corriente de lo sucedido esta noche. Sé que el exceso de charla no es uno de sus defectos: no comente nada de ello. Yo me encargaré de justificar todo esto —dijo, señalando la cama—. Ahora, vaya a descansar a su habitación. Yo me las apañaré en el sofá de la biblioteca para lo que queda de noche. Son casi las cuatro; en dos horas los criados ya estarán en pie.
—Buenas noches, señor —dije, antes de salir.
Pareció sorprendido, lo que me dejó perpleja: ¿no acababa de decir que podÃa irme?
—¿Qué? —exclamó—. ¿Se va usted ya? ¿Y de este modo?
—Usted dijo que podÃa retirarme, señor.
—Pero no sin despedirse de mà adecuadamente, no sin una palabra o dos de reconocimiento y buena voluntad. En definitiva, no de esa forma seca y frÃa. ¡Dios, usted me ha salvado la vida! ¡Me ha evitado una muerte dolorosa y terrible! Y ahora se marcha como si fuéramos dos extraños. Al menos, permÃtame que le dé la mano.