Jane Eyre

Jane Eyre

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Extendió la mano y yo se la estreché. La rodeó entonces con ambas manos y dijo:

—Me ha salvado la vida. Y me siento halagado de deberle un favor tan inmenso. No puedo decir más. Nada en mi carácter propicia que me sienta bien por estar en deuda con alguien, pero si se trata de usted… En su caso es distinto, Jane. Su favor no pesa en mí como un fardo insoportable.

Hizo una pausa para mirarme a los ojos: casi podía leer las palabras en sus temblorosos labios, pero la voz no tuvo fuerzas para seguir.

—Buenas noches de nuevo, señor. Y permítame que le diga que no hubo tal favor, ni existe tal carga, ni espero a cambio ningún beneficio.

—Sabía —prosiguió— que su presencia me haría bien algún día, de algún modo; lo leí en sus ojos la primera vez que la vi: la expresión que había en ellos y su sonrisa no… —sus palabras se detuvieron de nuevo—, no… causaron en mí un impacto tan intenso por nada. La gente habla de simpatías espontáneas, y yo he oído contar cosas sobre genios buenos. Ahora veo que hay algo de verdad hasta en las fábulas más fantásticas. ¡Mi dulce salvadora, buenas noches!

Una extraña energía dominaba su voz; un extraño fuego iluminaba sus ojos.

—Me alegro de haber estado despierta —dije, avanzando hacia la puerta.


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