Jane Eyre
Jane Eyre —AsÃ, ¿se marcha?
—Tengo frÃo, señor.
—¿FrÃo? Claro, y además está usted de pie encima de un charco. ¡Váyase, Jane!
—Pero seguÃa sin soltarme la mano y yo no podÃa arrancarla de las suyas. Inventé rápidamente una excusa.
—Creo que oigo a la señora Fairfax, señor.
—¡Bueno, váyase!
Aflojó la presión de sus dedos y me marché.
Volvà a acostarme, pero ni siquiera pensé en dormirme. Hasta el amanecer, estuve navegando en un mar exaltado e inquieto, donde olas de zozobra se alternaban con otras de alegrÃa. En algunos momentos creà ver la orilla, suave como la lÃnea que dibujan las colinas de Beulah, que supondrÃa para mà el refugio de esas aguas salvajes. De vez en cuando, una frÃa galerna, alentada por la esperanza, elevaba a mi espÃritu triunfante por encima de los remolinos en dirección a tierra. Pero no podÃa alcanzarla, ni siquiera con la imaginación, porque una brisa traidora se complacÃa en apartarme de la orilla y me obligaba a retroceder. El sentido común se resistÃa al delirio; el buen juicio calmarÃa la pasión. Demasiado nerviosa para dormir, me levanté con los primeros rayos del sol.