Jane Eyre
Jane Eyre Estas exclamaciones fueron seguidas por el rumor de escobas y otros útiles de limpieza, y cuando pasé por delante de la habitación para ir a comer, vi a través de la puerta que todo el aposento, a excepción de la cama sin hacer, había recuperado su aspecto habitual. Leah estaba encaramada al alféizar de la ventana, fregando los cristales que el humo había ennegrecido. Fui hacia ella porque me intrigaba saber qué explicación se había dado al asunto. Sin embargo, mientras avanzaba, descubrí que había una segunda persona en la sala, una mujer sentada junto a la cama, ocupada en la tarea de coser las anillas a las cortinas nuevas. Esta mujer no era otra que Grace Poole.
Estaba allí, con aquel aire formal y taciturno típico de ella, enfundada en su bata marrón, con el delantal a cuadros, el pañuelo blanco y la cofia. Parecía absorta en su cometido y nada había en sus vulgares facciones que revelara el pánico o la desesperación que cabría esperar ver reflejados en el semblante de una asesina que había sido descubierta, seguida hasta su guarida y (según yo creía) acusada por su presunta víctima del crimen que había intentado cometer. Yo no salía de mi asombro. Ella levantó los ojos y nuestras miradas se cruzaron: no se ruborizó ni perdió la compostura; nada en su expresión traicionaba la menor emoción, ya fuera culpabilidad o temor a las consecuencias.