Jane Eyre
Jane Eyre —Buenos dÃas, señorita —dijo en su habitual tono conciso y flemático antes de proseguir con su tarea.
«Esa absoluta frialdad está más allá de mi comprensión», pensé, y al momento decidà ponerla a prueba.
—Buenos dÃas, Grace. ¿Ha pasado algo extraño? —pregunté—. Me pareció oÃr voces hace un rato.
—El señor, que estuvo leyendo en su cama y se durmió con la vela encendida. El fuego prendió en las cortinas; por suerte se despertó antes de que las llamas alcanzaran las sábanas o los muebles, y consiguió sofocarlas con el agua de la palangana.
—¡Qué raro! —dije en voz baja; luego, sin dejar de mirarla, continué—: ¿No despertó a nadie el señor Rochester? ¿Nadie le oyó moverse?
Ella volvió a alzar los ojos hacia mÃ, y esta vez pude vislumbrar en su expresión un rastro de sospecha. Antes de responder, se tomó la molestia de observarme con gran cautela.