Jane Eyre

Jane Eyre

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Cuando se hizo de noche y Adèle se fue a jugar con Sophie, el ansia de verle se hizo más fuerte. Esperé oír el timbre llamándome desde abajo, esperé que Leah entrara en cualquier momento con un mensaje del señor. En un par de ocasiones me pareció oír los pasos del propio señor Rochester y me volví hacia la puerta, segura de que él aparecería por ella. Sin embargo, la puerta siguió cerrada y lo único que entraba en la habitación era la oscuridad procedente de la ventana. No era muy tarde: acababan de dar las seis, y a menudo no mandaba a buscarme hasta las siete o las ocho. Seguro que no me decepcionaría precisamente esa noche en la que tenía que explicarle tantas cosas… Quería sacar de nuevo el tema de Grace Poole y oír sus respuestas, quería preguntarle con toda franqueza si él creía que ella era la culpable del horrible acto de la noche anterior y, si era así, por qué mantenía su tremenda fechoría en secreto. No me importaba que mi curiosidad le molestase: había descubierto el placer de fastidiarle y luego calmarle, alternativamente. Era algo que me encantaba hacer, y poseía un instinto infalible que me hacía parar antes de ir demasiado lejos; jamás me atreví a provocarle, pero me gustaba poner en práctica mi habilidad y llevarla al límite. Podía discutir con él con franqueza y sin miedo, sin perder en ningún momento el respeto y las formas a las que mi posición me obligaba. Era una situación en la que ambos estábamos cómodos.


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