Jane Eyre

Jane Eyre

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Lo recordaba todo: revivía las palabras, sus ojos y el tono en el que me hablaba. En ese momento estaba en la sala de estudio: Adèle dibujaba y yo me incliné para corregir el trazado de su lápiz. Ella me miró, inquieta.

—Qu’avez-vous, mademoiselle? —preguntó—. Vos doigts tremblent comme la feuille, et vos joues sont rouges: mais, rouges comme des cerises![14]

—Es por el esfuerzo de inclinarme, Adèle. —Ella prosiguió con su dibujo, y yo con mis pensamientos.

Me apresuré a alejar de mi mente la odiosa idea que me comparaba con Grace Poole. Entre ella y yo había grandes diferencias. Bessie Leaven me había descrito como a una dama, y no había mentido: lo era. Y en este momento mi aspecto era mucho mejor que el día de mi encuentro con Bessie. Mi piel presentaba mejor color y mi cuerpo había engordado un poco; mi vida era más divertida y las esperanzas de un futuro mejor teñían mis rasgos de animación y alegría.

«Se acerca la tarde —me dije mientras miraba por la ventana—. No he oído en todo el día la voz ni los pasos del señor Rochester, pero estoy segura de que le veré antes de que caiga la noche. Aunque por la mañana temía el encuentro, ahora lo deseo. Tantas horas de desconcierto me han vuelto impaciente.»


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