Jane Eyre
Jane Eyre —Están la señora Eshton y sus tres hijas, unas damas muy elegantes, y también las honorables Blanche y Mary Ingram, dos jóvenes preciosas. Aunque hace seis o siete años que no veo a Blanche, estoy segura que debe de haberse convertido en toda una belleza. Vino aquà cuando tenÃa dieciocho años, a una fiesta que el señor Rochester ofreció en Navidad. DeberÃa haber visto el comedor ese dÃa. ¡Qué riqueza de decoración! ¡Qué luces tan hermosas! HabÃa al menos cincuenta invitados, todos pertenecientes a las mejores familias del condado, y la señorita Ingram fue sin duda la sensación de la noche.
—Usted la vio, ¿verdad, señora Fairfax? ¿Cómo era?
—SÃ, la vi. Las puertas del comedor estaban abiertas de par en par, y como era Navidad se autorizó que los criados escucháramos desde el vestÃbulo el concierto que ofrecieron algunas señoritas. El señor Rochester me invitó a entrar, y yo me senté en un rincón tranquilo para observarlos a mis anchas. Nunca habÃa visto una escena tan espléndida: los vestidos de las señoras eran magnÃficos, y todas ellas, sobre todo las de menor edad, estaban muy guapas. Pero no hay duda que la señorita Ingram destacaba sobre las otras como una reina.
—¿Cómo era?