Jane Eyre
Jane Eyre Al mediodía siguiente estaba ya vestida y sentada en el cuarto de los niños, con los hombros envueltos en un chal. Físicamente me sentía débil y desanimada, pero lo peor de todo era el garfio de la tristeza que me atenazaba el alma y que me provocaba un llanto silencioso. Aún no me había secado unas lágrimas cuando otras gotas saladas descendían por mis mejillas sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Y, por otro lado, no podía dejar de pensar que debía sentirme feliz por la ausencia de los Reed: habían salido todos de paseo en el coche. Incluso Abbot estaba cosiendo en otra habitación, y Bessie, que no paraba de ir de un lado a otro guardando juguetes y ordenando cajones, se dirigía a mí de vez en cuando en un tono insólitamente amable. Todo ello debería haber supuesto para mí un paraíso de paz, acostumbrada como estaba a una vida repleta de reprimendas y tareas desagradables, pero mis pobres nervios estaban en tal estado que no había calma que pudiera suavizarlos, ni placer que pudieran apreciar.