Jane Eyre

Jane Eyre

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Bessie vino de la cocina provista de un pedazo de tarta servido en un plato de porcelana china de brillantes colores, que formaban la imagen del ave del paraíso anidando en un lecho de flores y hojarasca. Este plato siempre había despertado en mí una gran admiración y unos enormes deseos de examinarlo de cerca, pero nunca había sido considerada digna de semejante privilegio. Ahora tenía ese hermoso recipiente en las rodillas y se me invitaba con afecto a comer el dulce manjar que contenía. Sin embargo, este favor llegaba, como la mayoría de los anhelos largo tiempo ansiados, demasiado tarde. Era incapaz de tragar la tarta, y tanto el plumaje del ave como los matices de las flores parecían haber perdido brillo, así que retiré ambas cosas de mi vista. Bessie me ofreció la posibilidad de traerme un libro, y esa palabra se convirtió en un súbito estímulo. Le pedí que me dejara Los viajes de Gulliver. Era un libro que había examinado una y otra vez con sumo placer, porque lo consideraba una historia real que suscitaba en mí mayor interés que los cuentos de hadas. Después de pasar años buscándolos detrás de las hojas y de las campanillas, debajo de los champiñones y entre la hiedra que cubría las paredes, había llegado a la triste conclusión de que los duendes habían huido de Inglaterra a otro lugar menos poblado, cuyos bosques fueran más densos y frondosos. En cambio, en mi imaginación, los reinos de Lilliput y Brobdignag eran lugares auténticos, y no tenía ninguna duda de que algún día emprendería un largo viaje que me llevaría a ver esos pequeños campos, las diminutas casas, los menudos árboles y todos los animales en miniatura que habitaban en uno de esos reinos; así como los gigantescos cultivos de maíz, los poderosos mastines, los monstruosos gatos y los hombres y mujeres altos como torres que vivían en el otro. No obstante, aunque intenté evocar en el libro aquel encanto que siempre había hallado en él, y me detuve a observar todas y cada una de las ilustraciones, ese día todo me pareció feo y horrible: los gigantes no eran más que trasgos desvaídos y los enanos me parecían diablos violentos; Gulliver era un simple vagabundo perdido en las partes más inhóspitas y peligrosas de la tierra. Cerré el libro y lo puse sobre la mesa, junto a la tarta intacta.


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