Jane Eyre
Jane Eyre —Entonces deberÃa tener un aspecto más alegre. Venga aquÃ, señorita Jane, porque su nombre es Jane, ¿verdad?
—SÃ, señor, Jane Eyre.
—Veo rastros de lágrimas. ¿Puede decirme por qué lloraba? ¿Le duele algo?
—No, señor.
—¡Oh! Yo dirÃa que lloraba porque no pudo salir con la señora en el coche —intervino Bessie.
—¡No puedo creerlo! Es demasiado mayor para llorar por esas tonterÃas.
Lo mismo pensaba yo, y esa falsa acusación me ofendió tanto que respondà con presteza:
—En mi vida llorarÃa por semejante cosa: odio ir en coche. Lloro porque soy desgraciada.
—¡Oh, vamos, señorita! —exclamó Bessie.
El buen farmacéutico pareció perplejo ante mi respuesta. Fijó en mà sus pequeños ojos grises, sin brillo pero bastante sagaces. Su rostro era serio pero denotaba amabilidad.
—¿Qué la puso enferma ayer? —preguntó después de observarme con atención.
—Se cayó —intervino Bessie de nuevo.
—¡Se cayó! ¿Qué es esta niña, un bebé? ¿Es que no puede andar a su edad? Debe de rondar los ocho o nueve años.