Jane Eyre
Jane Eyre Me pregunté a qué se referirían la primera tarde que les oí hablar de un juego nuevo: mencionaron algo que sonaba como el «juego de las charadas», pero yo, en mi ignorancia, no los comprendí. Llamaron a los criados, se desplazaron las mesas del comedor, se varió la disposición de las luces y se colocaron las sillas delante del arco en forma de semicírculo. Mientras el señor Rochester y los demás caballeros dirigían todos estos movimientos, las damas corrieron escaleras arriba en busca de sus doncellas. Se pidió información a la señora Fairfax acerca de los recursos de la casa en lo que se refería a chales, vestidos y cualquier otro tipo de telas; se revolvieron algunos armarios del tercer piso y las doncellas bajaron con los brazos llenos de enaguas bordadas, retales de seda, retazos de color negro y piezas de encaje. Después, las damas escogieron lo que les pareció oportuno y llevaron la ropa seleccionada al tocador que había junto al salón.
Mientras tanto, el señor Rochester había vuelto a convocar a las señoras a su alrededor y procedió a seleccionar a algunas para formar su equipo.
—Por supuesto, me quedo con la señorita Ingram —dijo.
Y después nombró a las dos señoritas Eshton y a la señora Dent. Me miró: yo andaba cerca, ocupada en ayudar a la señora Dent a abrocharse la pulsera.
—¿Le apetece jugar? —preguntó.