Jane Eyre

Jane Eyre

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El señor Rochester se inclinó ante su auditorio y cayó el telón. Hubo una pausa considerable antes de que la cortina se elevara de nuevo. Cuando lo hizo, dio paso a una escenografía más elaborada que la anterior. Como ya había señalado cuando describí la casa, el salón estaba dos escalones por encima del comedor, y en el más alto de los dos apareció un gran cuenco de mármol, que reconocí como uno de los adornos habituales del invernadero —donde solía estar lleno de agua y peces exóticos—, cuyo peso y volumen debieron hacer muy difícil el transporte.

Sentado en la alfombra, al lado del cuenco, estaba el señor Rochester, disfrazado con chales y con un turbante en la cabeza. Sus oscuros ojos, la piel morena y las facciones sombrías completaban el atuendo a la perfección: era la réplica exacta de un sultán oriental, ya fuera el verdugo o la próxima víctima de la soga. Entonces la señorita Ingram se dejó ver. También ella vestía al estilo oriental: llevaba un pañuelo de color carmesí atado a la cintura, como si fuera una faja, y un pañuelo bordado anudado alrededor de las sienes; los brazos, bien formados, estaban desnudos y uno de ellos sujetaba un jarrón que tenía apoyado en la cabeza. Tanto la ropa como el semblante y el aire general sugerían la idea de una princesa hebrea sacada de la época de los patriarcas, y ese era sin duda el papel que pretendía representar.


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