Jane Eyre
Jane Eyre —¿Qué opinas? ¿Cómo te sientes ahora? ¿Es una verdadera adivina? —cloquearon las señoritas Eshton.
—Vale, ya es suficiente —contestó la señorita Ingram—. ¡No me agobiéis! Veo que los órganos que rigen en vosotros la credulidad y el asombro se alteran ante el menor estÃmulo. Por la importancia que todos le dais, incluida tú, querida mamá, se dirÃa que tenemos en la casa a una auténtica bruja, a una aliada del Maligno. La mujer que he visto no era más que una vagabunda gitana que me ha leÃdo la mano y me ha contado lo que esas mujeres suelen decir. Ahora que he satisfecho mi capricho, creo que el señor Eshton podrÃa cumplir ya con su amenaza de encerrarla en un calabozo.
La señorita Ingram cogió un libro, se tumbó en el sillón y se abstuvo de hacer ningún comentario más. La observé durante casi media hora; en todo este tiempo, no pasó ni una sola hoja y su semblante fue ensombreciéndose por momentos, pasando de la mera insatisfacción a un intenso disgusto. Resultaba evidente que lo que acababa de oÃr no habÃa sido de su agrado, y me dio la impresión de que ese aire taciturno se debÃa a que también ella, pese a su fingida indiferencia, concedÃa una importancia indebida a las revelaciones de la adivina, fueran cuales fueran.