Jane Eyre

Jane Eyre

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Mientras tanto, Mary Ingram, y Amy y Louisa Eshton se declararon incapaces de entrar solas, pese a que en el fondo se morían por acudir. Se iniciaron conversaciones con el embajador de la médium, que dieron como resultado, después de múltiples idas y venidas, el permiso de la rigurosa sibila para que las tres entraran en grupo.

Su visita no fue tan silenciosa como la de la señorita Ingram. Desde el exterior oíamos risas histéricas y gritos de sorpresa procedentes de la biblioteca. Tras unos veinte minutos, se abrió la puerta y las tres salieron corriendo, como almas que huyen del diablo.

—¡Estoy segura de que tiene poderes! —gritaban sin cesar—. ¡Nos dijo unas cosas…! ¡Lo sabe todo de nosotras!

Y, sin aliento, se dejaron caer sobre los asientos que los caballeros se apresuraron a ofrecerles.

Ante la insistencia de los demás invitados, declararon que la mujer les había hablado de cosas que habían dicho y hecho en la infancia; había descrito los adornos que lucían en los aposentos de su hogar, así como los regalos que habían recibido de algunos parientes. Afirmaron que había llegado a adivinar lo que pensaban, que había murmurado en su oído el nombre de la persona que más les gustaba del mundo y que les había acertado sus deseos más íntimos.


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