Jane Eyre
Jane Eyre En este punto los caballeros las apremiaron solicitando más detalles, pero lo único que consiguieron fueron sonrojos, balbuceos incoherentes y risas entrecortadas. Las madres, mientras tanto, se afanaban en ofrecer sales y agitar los abanicos para reanimar a las recién llegadas, sin dejar de aprovechar la ocasión para recordar las advertencias que ellas mismas habÃan pronunciado y que habÃan sido desobedecidas. Los caballeros de más edad se reÃan, mientras los más jóvenes se esforzaban por ser de alguna utilidad para esas tres damiselas anonadadas.
En medio de aquel tumulto, y mientras toda mi atención se centraba en la escena que se representaba ante mis ojos y oÃdos, noté que alguien me tiraba suavemente del codo. Cuando me volvÃ, descubrà a Sam.
—Señorita, la gitana afirma que hay en la sala una joven soltera a la que no ha visto aún, y jura que no está dispuesta a irse hasta haberlas visto a todas. Pensé que se referÃa a usted: no puede ser nadie más. ¿Qué quiere que le diga?
—¡Oh, iré! —contesté, apreciando la inesperada oportunidad de satisfacer mi enorme curiosidad.
Me deslicé al exterior del salón sin que nadie advirtiera mis movimientos —puesto que todo el grupo se arremolinaba en torno al trÃo tembloroso que acababa de regresar— y cerré la puerta quedamente.