Jane Eyre
Jane Eyre —Bien, ¿usted también desea conocer su porvenir? —dijo en una voz tan resuelta como su mirada y tan tosca como sus facciones.
—No me importa, abuela. Haga lo que desee, pero debo advertirle que no creo en absoluto en estas cosas.
—Es una imprudencia por su parte decir esto. Lo esperaba, sin embargo: lo noté en sus pasos al cruzar el umbral.
—¿De verdad? Debe usted de poseer un oÃdo agudo.
—Asà es, y también es aguda mi vista, y mi cerebro.
—Lo necesita todo para ejercer su oficio.
—Cierto. En especial cuando me enfrento a clientes como usted. ¿Por qué no tiembla?
—No tengo frÃo.
—¿Por qué no palidece?
—No estoy enferma.
—¿Por qué no me consulta algo?
—Porque no soy tonta.
La anciana bruja sofocó una risa bajo su sombrero; después buscó una pipa corta y negra y, tras encenderla, comenzó a fumar. Tras dedicar unos minutos a disfrutar de ese sedante placer, se incorporó, se sacó la pipa de los labios y, sin apartar la vista del fuego, dijo solemnemente:
—Tiene usted frÃo, está enferma y es tonta.