Jane Eyre

Jane Eyre

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—Si quiere que le hable con mayor sencillez, déjeme ver su mano.

—Que antes deberé adornar con un poco de plata…

—Por supuesto.

Le di un chelín. Ella lo guardó en una media que extrajo del bolsillo y, después de anudarla y devolverla a su lugar, me pidió que extendiera la mano. Eso hice. Acercó el rostro a la palma y la examinó sin tocarla.

—Es demasiado fina —decidió—. No puedo hacer nada con una mano como esa, casi carente de líneas. Además, ¿qué es una mano, al fin y al cabo? El destino no está escrito en ellas.

—En eso estamos de acuerdo —confirmé.

—No —continuó—, es en la cara donde podemos hallarlo: en la frente, en torno a los ojos, en las pupilas, en las líneas que rodean la boca. Arrodíllate y alza la cabeza.

—Ahora empieza a acercarse a la realidad —le dije al mismo tiempo que la obedecía—. Acabaré teniendo cierta fe en usted.

Me arrodillé a sus pies. Ella atizó el fuego y una chispa de luz brotó del carbón: su brillo solo consiguió ensombrecer aún más el rostro de la anciana cuando esta volvió a sentarse, e iluminar el mío.


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