Jane Eyre

Jane Eyre

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—Eso parecen indicar las apariencias. Y, seguramente, (aunque usted, con un atrevimiento francamente poco adecuado, lo ponga en duda) formarán una pareja feliz. Él no puede por menos que amar a una dama tan maravillosa, noble, seductora y virtuosa; en cuanto a ella, es probable que también le ame, sino a él en persona sí al menos a su fortuna. Sé que se muere por poner las manos en las propiedades de los Rochester, aunque (¡que Dios me perdone!) le dije algo al respecto hace menos de una hora que la dejó bastante perpleja: los bordes de sus labios descendieron un par de milímetros. De tener delante de mí a su pretendiente, le aconsejaría que se mantuviera alerta: si en el camino de la dama se cruza otro con mayor fortuna, ya puede darla por perdida.

—Pero, anciana, no estoy aquí para oír cuál será el provenir del señor Rochester; he venido para averiguar el mío y no me ha dicho ni una sola palabra al respecto.

—Su porvenir es dudoso. Cuando le examiné el rostro, cada rasgo contradecía al anterior. La suerte le reserva una cierta cantidad de felicidad, de eso estoy segura. Lo sabía antes de entrar aquí esta tarde. Vi cómo la apartaba especialmente para usted. Depende solo de usted el hecho de alargar la mano y apoderarse de ella, pero aún no he decidido si lo hará o no. Arrodíllese de nuevo en la alfombra.

—No me tenga mucho rato. El fuego me quema…


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