Jane Eyre
Jane Eyre —Señor, ¿cómo se le ha ocurrido…?
—Lo he hecho bien, ¿eh? ¿No está de acuerdo?
—Ha logrado engañar a las damas.
—Pero ¿a usted no?
—Conmigo no representó el papel de una gitana.
—¿Y qué papel representé? ¿El mÃo propio?
—No, algo que no se puede contar. En resumen, creo que ha estado intentando sonsacarme. Ha dicho tonterÃas con la intención de que yo también las dijera. Eso no es justo, señor.
—¿Me perdona, Jane?
—No lo sé, señor. No, hasta que haya pensado en ello. Si cuando repase la conversación descubro que no he hecho demasiado el ridÃculo, tal vez llegue a perdonarle. Pero sigo pensando que no ha estado bien.
—¡Oh, no tiene de qué preocuparse! Ha sido muy discreta y muy sensata.
Al pensar en toda la charla me di cuenta que tenÃa razón. Era un consuelo, pero, en realidad, habÃa estado a la defensiva desde el inicio de la conversación, como si intuyera la existencia de una farsa oculta. SabÃa que las gitanas y adivinadoras no se expresaban como esta anciana; además, habÃa notado su voz grave, los intentos por ocultar sus rasgos. Pero mi mente habÃa volado hacia Grace Poole, ese enigma viviente, el misterio de los misterios. Ni por un instante se me habÃa ocurrido pensar en el señor Rochester.