Jane Eyre
Jane Eyre —Bien —dijo él—, ¿qué la divierte tanto? ¿Qué significa esa sonrisa tan seria?
—Asombro y autocomplacencia, señor. ¿Me concede su permiso para retirarme?
—No, quédese un momento, y dígame de qué hablaba la gente del salón.
—Seguro que siguen charlando de la gitana, señor.
—¡Siéntese, siéntese! Cuénteme qué decían de mí.
—Será mejor que no me quede mucho rato, señor. Son casi las once. Por cierto, ¿está al corriente de la llegada de un desconocido a la casa?
—¿Un desconocido? No, ¿quién será? No espero a nadie. ¿Ya se ha ido?
—No. Dijo que era un viejo amigo y que por eso se tomaba la libertad de instalarse en su ausencia.
—¡Que el diablo le confunda! ¿Dio algún nombre?
—Dijo que se llamaba Mason, señor. Viene de las Antillas, de Spanish Town, Jamaica, según creo.
El señor Rochester estaba de pie junto a mí; me había cogido de la mano para convencerme de que me sentara durante un rato. Al oír mis palabras, me apretó con fuerza la muñeca y la sonrisa se le heló en los labios. Una especie de espasmo le robó el aliento.