Jane Eyre
Jane Eyre —¡Mason! ¡Las Antillas! —repetÃa sin cesar con el tono que uno esperarÃa oÃr en un autómata hablante—. ¡Mason! ¡Las Antillas! —repitió; pronunció esas sÃlabas tres veces más, mientras la palidez de su rostro crecÃa por momentos: parecÃa haber perdido la razón.
—¿Se encuentra bien, señor? —pregunté.
—Es un duro golpe, Jane… ¡Un duro golpe! —Se tambaleó.
—Apóyese en mÃ, señor.
—Jane, ya me ofreció su hombro una vez, ¿se acuerda? Ahora le tomo la palabra.
—Claro, señor. Cójase del brazo.
Se sentó y me hizo sentar a su lado. Sus dos manos acariciaban la mÃa, mientras me miraba con una expresión teñida de inquietud y temor.
—¡Amiga mÃa! Ojalá estuviera en una isla desierta sin más compañÃa que la suya, lejos de los problemas, del peligro y de los malos recuerdos.
—¿Puedo hacer algo por usted, señor? DarÃa la vida por ayudarle.
—Si necesito ayuda, Jane, se lo diré. Lo prometo.
—Gracias, señor. DÃgame que debo hacer, y al menos lo intentaré.