Jane Eyre
Jane Eyre —Vaya al comedor y tráigame un vaso de vino. Deben de estar cenando; fíjese en si Mason les acompaña y qué es lo que hace.
Fui al comedor, donde, como había predicho el señor Rochester, se había servido la cena. Los invitados habían preferido, sin embargo, elegir cada uno lo que les apeteciese y sentarse en grupos por el salón con los platos y vasos en las manos. Todos parecían alegres: se oía rumor de risas y de animadas conversaciones. El señor Mason seguía junto al fuego, charlando con el coronel Dent y su esposa, y daba la impresión de sentirse tan a gusto como el resto. Llené un vaso de vino (por cierto que la señorita Ingram, a quien no se le escapaba detalle, me observó con atención; de su mirada deduje que creía que estaba tomándome libertades que no me correspondían), y regresé a la biblioteca.
La palidez extrema del señor Rochester se había desvanecido casi por completo y su aspecto era de nuevo firme y seguro de sí. Cogió el vaso que yo le daba.
—¡A su salud, espíritu amable! —Bebió de un trago su contenido y me lo devolvió—. ¿Qué están haciendo, Jane?
—Hablan y se ríen, señor.
—¿No flota entre ellos un aire misterioso, propio de personas que acaban de oír una extraña historia?
—Todo lo contrario, señor. Se muestran alegres y animados.