Jane Eyre

Jane Eyre

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Otra vez me detuve a reflexionar. Apenas sabía lo que era la escuela. Bessie a menudo hablaba de ella como un lugar en el que las niñas se sentaban en largos bancos, escribían en pizarrines y eran obligadas a comportarse de forma educada y gentil; John Reed odiaba el colegio y se reía de sus maestros, pero los gustos de John Reed no coincidían en absoluto con los míos. Y aunque los relatos de Bessie sobre la excesiva disciplina de las escuelas (deducidos de lo que le habían contado unas niñas a las que sirvió antes de entrar en Gateshead) no resultaban muy agradables, los detalles que explicaba acerca de los logros de esas mismas niñas tenían la virtud de llamar mi atención. Alababa los hermosos paisajes que pintaban, las canciones que aprendían, las labores que podían realizar y los libros en francés que eran capaces de traducir. Además, la escuela significaría un cambio radical: implicaba un largo viaje y la separación absoluta de Gateshead. En definitiva, la puerta hacia una nueva vida.

—Creo que me gustaría ir a al colegio —fue mi conclusión final.

—Bueno, bueno, ¿quién sabe qué le depara el futuro? —dijo el señor Lloyd mientras se ponía en pie—. Esta niña necesita un cambio de aires —añadió, hablando para sí—. No está bien de los nervios.

El regreso de Bessie fue seguido por el sonido de las ruedas del coche al acercarse a la casa.


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