Jane Eyre
Jane Eyre Pese a que el terror casi me impedÃa coordinar los movimientos, me las arreglé para echarme encima algo de ropa y salir de mi cuarto. Los invitados estaban despiertos: se oÃan exclamaciones y murmullos de pánico por todas partes; las puertas se abrieron una tras otra, sus ocupantes sacaban la cabeza y pronto el corredor se llenó de gente. Tanto los caballeros como las damas habÃan saltado de la cama y una profusión de preguntas nerviosas cortaba el aire a ráfagas: «¿Qué ha pasado?», «¿Hay alguien herido?», «¡Tráeme una vela!», «¿Es un incendio?», «¿Ladrones?», «¿Qué vamos a hacer?». Nadie daba respuestas. De no haber sido por la luz de la luna, la oscuridad habrÃa sido absoluta. CorrÃan de un lado a otro, se agrupaban; proferÃan sollozos y juramentos. Reinaba una total confusión.
—¿Dónde demonios se ha metido Rochester? —gritó el coronel Dent—. ¡No está en su cama!
—¡Estoy aquÃ! —se oyó su voz de repente—. TranquilÃcense. Ya voy.
Se abrió la puerta del extremo del corredor y de ella salió el señor Rochester con una vela en la mano: procedÃa del piso de arriba. Una de las damas corrió hacia él y lo cogió del brazo. Era la señorita Ingram.
—¿Qué terrible acontecimiento ha sucedido? —dijo—. ¡Hable! ¡Estamos preparados para lo peor!