Jane Eyre
Jane Eyre Hizo una pausa en espera de una respuesta. ¿Qué podía decirle? ¡Ojalá un espíritu bondadoso me sugiriera unas palabras juiciosas y satisfactorias! ¡Qué vana aspiración! El viento del oeste susurraba entre la hiedra, pero no había ningún gentil Ariel que lo usara para comunicarse conmigo; los pájaros cantaban en las copas de los árboles, pero su canto, aunque hermoso, llegaba vacío.
De nuevo el señor Rochester insistió en su petición:
—¿Está justificado que un vagabundo pecador, un ser arrepentido que busca el sosiego, se arriesgue a desafiar a la opinión pública con el fin de unirse para siempre a esta amable, virtuosa e inteligente extraña, asegurando así su propia paz de espíritu y la regeneración de su vida?
—Señor —contesté—, el reposo de un alma errante o la exculpación de un pecador nunca deberían depender de un semejante. Los hombres y las mujeres mueren; los filósofos flaquean en sabiduría tanto como los cristianos en bondad: si alguien a quien conoce ha sufrido y errado, deje que busque la fuerza para enmendarse y el bálsamo que le cure en instancias más altas que su prójimo.