Jane Eyre
Jane Eyre —Pero ¿y el instrumento? ¡El instrumento! Dios, que creó el mundo, elige el instrumento. Yo he sido —se lo digo sin tapujos— un vividor disipado e inquieto, pero creo que he encontrado el instrumento para mi cura en…
Se detuvo. Los pájaros siguieron gorjeando, el viento silbaba entre las hojas. Casi me extrañó que no interrumpieran sus murmullos para asà escuchar la revelación que estaba a punto de pronunciarse. Pero tendrÃan que haber aguardado durante muchos minutos, tantos como duró el silencio. Por fin, levanté la cabeza hacia ese silencioso interlocutor que me miraba con afecto.
—Pequeña amiga —dijo en un tono de voz muy distinto al anterior, mientras su rostro también cambiaba, perdiendo toda su dulzura y suavidad para recobrar la dureza y el sarcasmo—, habrá notado los tiernos sentimientos que la señorita Ingram despierta en mÃ. ¿No cree que, si nos casáramos, ella me regenerarÃa de una vez por todas?
Se levantó instantáneamente, se fue al otro extremo del paseo y, cuando regresó, venÃa canturreando una melodÃa.
—Jane, Jane —dijo, parándose frente a m×, todas estas noches en vela la han dejado pálida. ¿No me odia por interrumpir su descanso?
—¿Odiarle? No, señor.