Jane Eyre

Jane Eyre

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En los últimos días a menudo había recordado ese trágico incidente: durante la semana anterior apenas hubo una noche en la que mis sueños no forjaran la imagen de un niño, al que a veces mecía en mis brazos o sobre las rodillas, mientras que otras le veía jugando con las margaritas en el prado o con las manos sumergidas en el agua de un riachuelo. El niño lloraba una noche y se reía a la siguiente; ora se acurrucaba junto a mí, ora huía de mis brazos. Sin embargo, fuera cual fuera el humor de la aparición, fuera cual fuera su aspecto, no faltó a nuestra cita nocturna en siete noches consecutivas.

Me desazonaba la continua repetición de la misma idea, esa constante recurrencia de una imagen. El temor se extendió a las horas anteriores al sueño, ya que sabía que la visión se acercaba y con ella la aparición de este bebé fantasmal. El grito me despertó una noche de luna llena, y a media tarde del día siguiente recibí el aviso de que alguien me esperaba en la habitación de la señora Fairfax. Al entrar encontré a un hombre esperándome: daba la impresión de ser el criado de un caballero, vestía de luto riguroso y una cinta negra adornaba el sombrero que sostenía en la mano.



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