Jane Eyre
Jane Eyre —Me atreverÃa a decir que no se acordará de mÃ, señorita —dijo, levantándose en cuanto entré—, pero me llamo Leaven. Fui cochero en casa de la señora Reed cuando usted aún estaba en Gateshead, hace ocho o nueve años, y ahà sigo viviendo.
—¡Robert! ¿Cómo estás? Claro que me acuerdo de ti: a veces me dejabas montar el pony de la señorita Georgiana. ¿Y cómo está Bessie? Te casaste con ella, ¿verdad?
—SÃ, señorita. Mi esposa está perfectamente, gracias. Trajo al mundo a otro pequeño hace dos meses: con este ya son tres, y todos están sanos y fuertes.
—¿Y la familia de la casa, Robert?
—Lamento no poder darle buenas noticias, señorita. Están pasando una racha muy mala.
—Espero que no haya muerto nadie —comenté, fijándome en sus negros ropajes. También él observó la banda oscura del sombrero y replicó:
—El señor John murió hace ocho dÃas en sus aposentos de Londres.
—¿El señor John?
—SÃ.
—¿Y cómo lo lleva su madre?
—Verá, señorita Eyre, no ha sido una muerte común: ha llevado una vida sin control. En estos últimos tres años se entregó a costumbres peligrosas y tuvo una muerte atroz.