Jane Eyre

Jane Eyre

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—La salud de la señora ha empeorado mucho en los últimos tiempos —prosiguió Robert Leaven—: siempre fue una mujer fuerte, pero todo esto ha sido demasiado para ella, y la falta de dinero y el miedo a la pobreza acabaron de hundirla. La noticia de la muerte del señor John, y la forma en que tuvo lugar, supusieron para ella un duro golpe y le provocaron una embolia. Estuvo tres días sin hablar, pero el martes pasado su aspecto mejoró. Daba la impresión de querer decir algo, y no paraba de murmurar y de hacerle señales a mi esposa. Pero no fue hasta ayer por la mañana cuando Bessie comprendió lo que decía: era su nombre, señorita. «Traed a Jane, a Jane Eyre. Quiero hablar con ella.» Bessie no está segura de que su cerebro rija como Dios manda, pero se lo dijo a la señorita Reed y a la señorita Georgiana, para que la avisaran. Las damas se negaron al principio, pero su madre estaba tan inquieta y repitió su nombre tantas veces que por fin consintieron. Ayer salí de Gateshead, y, si puede usted venir, señorita, me gustaría llevarla conmigo de regreso a primera hora de mañana.

—Sí, Robert. Estaré lista. Creo que debo ir.

—Yo también lo creo, señorita. Bessie dijo que estaba segura de que usted no se negaría, pero supongo que debe pedir permiso antes de ausentarse…


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