Jane Eyre

Jane Eyre

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—Sí, y lo haré ahora mismo. —Y, tras acompañarle a la sala de los criados y dejarle en manos de John y su esposa, fui a buscar al señor Rochester.

No le encontré en ninguno de los salones de la planta baja; no estaba tampoco en los establos ni en el jardín. Pregunté a la señora Fairfax por él y, sí, creía haberlo visto jugando al billar con la señorita Ingram. Me acerqué a la sala de billar: el choque de las bolas y el murmullo de voces me indicaron que estaban allí. El señor Rochester, la señorita Ingram y las dos señoritas Eshton parecían absortos en el juego. Hacía falta valor para interrumpir a un grupo tan enfrascado, pero mi misión no admitía retrasos. Me aproximé al señor, que estaba al lado de la señorita Ingram. Ella se volvió al verme y me miró con impaciencia. Sus ojos parecían decir: ¿qué querrá ahora esta sigilosa criatura? Cuando dije en voz baja, «señor Rochester», a punto estuvo de mandarme callar. Recuerdo su aspecto en ese momento: una mujer hermosa, impresionante. Llevaba un vestido de día de crespón azul celeste y un pañuelo de seda grisáceo atado en el pelo. Se divertía mucho con el juego, y su buen humor no se vio enturbiado por la irritación que le causó mi interrupción inesperada.

—¿Esa persona pregunta por usted? —inquirió al señor Rochester, y este se volvió para ver de qué «persona» se trataba.


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