Jane Eyre
Jane Eyre Él hizo un gesto curioso —una de sus muecas extrañas y ambiguas—, soltó el taco de billar y me siguió al exterior de la sala.
—DÃgame, Jane —dijo, apoyándose sobre la puerta de la sala de lecciones, que él habÃa cerrado.
—Con su permiso, señor, me gustarÃa ausentarme durante un par de semanas.
—¿Para hacer qué? ¿Adónde va?
—A visitar a una dama enferma que me ha hecho llamar.
—¿Y quién es esa dama? ¿Dónde vive?
—Gateshead, en …shire.
—¡Eso está a más de cien kilómetros! ¿Quién puede ser la persona que pretende que la visiten a una distancia tan grande?
—Se llama Reed, señor. La señora Reed.
—¿De los Reed de Gateshead? Me suena un Reed en Gateshead, un juez.
—Se trata de su viuda, señor.
—¿Y qué tiene que ver con ella? ¿De qué la conoce?
—El señor Reed era mi tÃo, el hermano de mi madre.
—¡Vaya por Dios! Nunca me habló de esto: siempre me dijo que no tenÃa parientes.
—Ninguno mÃo, en realidad, señor. El señor Reed murió y su esposa me echó de la casa.