Jane Eyre
Jane Eyre —Para apartarla del camino de mi esposa que, de otro modo, podrÃa pisotearla como a un insecto. Es una sugerencia sensata, no me cabe duda. Como usted dice, Adèle debe ir al colegio. Y usted, por supuesto, también se irá directamente a… ¿al infierno?
—Espero que no, señor, pero me verÃa obligada a buscar una nueva ocupación en otro lugar.
—Por supuesto —exclamó impostando la voz, al mismo tiempo que hacÃa unas muecas curiosas y muy cómicas. Dedicó unos minutos a mirarme.
—¿Y pedirá a la vieja señora Reed, o a sus hijas, que le busquen un nuevo empleo?
—No, señor. Mis relaciones con ellas no me permiten pedirles favores, pero sà puedo poner un anuncio.
—¡PodrÃa usted escalar las pirámides de Egipto si se lo propusiera! —gritó—. ¡Usted misma, ponga un anuncio si quiere! Ojalá le hubiera dado solo un soberano en lugar de diez libras. Devuélvame nueve, Jane, las necesito.
—También yo, señor —repliqué, ocultando las manos y el monedero detrás de la espalda—. No puedo prescindir de este dinero por nada del mundo.
—¡Pequeña rata! —dijo él—. ¡Se niega a hacerme un favor puramente económico! Necesito cinco libras, Jane.
—No pienso darle ni cinco chelines, señor; ni siquiera cinco peniques.