Jane Eyre
Jane Eyre Cerró los labios.
—PodrÃas haberte ahorrado el esfuerzo de pronunciar todo este discurso —contestó Georgiana—. Todos sabemos que eres la criatura más egoÃsta y despiadada del mundo. Y soy perfectamente consciente de lo mucho que me odias: ya tuve pruebas de ello en el pasado, cuando me la jugaste en el asunto con lord Edwin Vere. No podÃas soportar que llegara más lejos que tú, que fuera recibida en cÃrculos donde ni siquiera te atreverÃas a asomarte, y por eso te convertiste en una espÃa, una chivata, y arruinaste mi futuro para siempre.
Dicho esto, Georgiana sacó el pañuelo y estuvo una hora sonándose la nariz; Eliza, por su parte, prosiguió con su costura, frÃa, impasible y diligente.
Cierto es que pocos valoran la sinceridad y la generosidad de sentimientos, pero la carencia absoluta de ambas virtudes generaba allà dos naturalezas opuestas: una, ácida hasta ser intragable, y la otra insÃpida hasta la extenuación. La emoción sin juicio es como una bebida aguada, pero el juicio sin los matices que le aporta la emoción se convierte en un trago amargo e indigesto.