Jane Eyre
Jane Eyre Fue una tarde húmeda y ventosa: Georgiana acabó dormida en el sofá con un libro en el regazo. Eliza se marchó a oír misa en la nueva iglesia, ya que en el tema religioso se mostraba rígidamente escrupulosa: no había tormenta capaz de disuadirla de cumplir con sus deberes eclesiásticos. Lloviera o hiciera sol, asistía a los servicios tres veces cada domingo y todos los días que hubiera oración.
Me propuse subir a ver a la mujer que agonizaba en el piso de arriba, que yacía casi abandonada la mayor parte del tiempo. Los criados no se preocupaban mucho por ella y nadie controlaba a la enfermera que habían contratado para cuidarla, por lo que esta se escabullía de la habitación siempre que podía. Bessie seguía siéndole fiel, pero tenía su propia familia que atender y era poco el tiempo libre que le quedaba para acercarse a la casa. Como era de esperar, encontré la habitación desatendida: la enfermera estaba ausente y la paciente yacía quieta, aparentemente dormida, con el rostro lívido hundido en la almohada. El fuego languidecía en la chimenea. Lo avivé, arreglé las mantas y la contemplé durante un rato, ahora que ella no podía verme. Luego, me fui hacia la ventana.