Jane Eyre
Jane Eyre —¡TÃa! —repitió—. ¿Quién me llama tÃa? Tú no eres de la familia Gibson, y sin embargo tu rostro me es familiar: esa cara, los ojos y la frente me resultan conocidos. Me recuerdas a… ¡Dios, me recuerdas a Jane Eyre!
No dije nada; temÃa alterarla si le confirmaba mi identidad.
—Temo —prosiguió— que esto no sea más que un error, un espejismo de los sentimientos. QuerÃa ver a Jane Eyre e imagino un parecido que no existe en realidad. Además, su aspecto debe haber cambiado mucho en ocho años.
Supuse entonces que yo era la persona que ella deseaba ver en ese instante y, advirtiendo que me comprendÃa y que su mente parecÃa lúcida, le expliqué que Bessie habÃa enviado a su marido a buscarme.
—Estoy muy enferma, lo sé —dijo después—. Hace un minuto intenté darme la vuelta y no fui capaz de mover un solo miembro. Por eso quiero descargar mi alma antes de morir: aquello a lo que apenas concedemos un minuto cuando estamos sanos nos oprime en un momento como este. ¿Está la enfermera en la habitación? ¿O solo estamos tú y yo?
Le aseguré que estábamos solas.