Jane Eyre
Jane Eyre —Bien, lamento haberme portado mal contigo en dos ocasiones. Una fue al romper la promesa que hice a mi marido de criarte como si fueras mi propia hija; la otra… —Se detuvo y murmuró para s×: Después de todo, ya no tiene ninguna importancia, y luego tal vez me reponga y me arrepienta de haberme humillado ante ella.
Hizo un esfuerzo por cambiar de postura pero no pudo: su semblante cambió, parecÃa estar experimentando una sensación interna, el aviso, quizás, del último suspiro.
—Debo hacerlo. La eternidad se abre a mis pies. Es mejor que se lo diga. Ve al tocador, ábrelo y coge una carta que encontrarás allÃ.
Obedecà sus indicaciones.
—Lee la carta —dijo.
Era corta, y decÃa asÃ:
Apreciada señora:
¿Será usted tan amable de hacerme llegar la dirección de mi sobrina, Jane Eyre, e informarme de cómo se encuentra? Tengo la intención de invitarla a reunirse conmigo en Madeira. La Providencia ha bendecido mis esfuerzos con la prosperidad y, al ser un hombre soltero y sin descendencia, desearÃa adoptarla y dejarle en herencia los bienes que posea en el momento de mi muerte.
Siempre suyo,
John Eyre, Madeira