Jane Eyre
Jane Eyre Por fin partió Georgiana, pero entonces fue Eliza quien me pidió que me quedara una semana más. Según me explicó, sus planes requerÃan todo el tiempo y atención que pudiera dedicarles. Estaba a punto de partir hacia un lugar lejano y se pasaba el dÃa encerrada en su cuarto, con la llave echada, llenando baúles, vaciando cajones, quemando documentos y absteniéndose de hablar con nadie. Deseaba que me ocupara de la casa, atendiera a las visitas y respondiera a las cartas de pésame.
Una mañana me liberó de mis tareas.
—Y —añadió— te agradezco mucho tu ayuda y discreción. Hay una gran diferencia entre convivir contigo y con alguien como Georgiana: te ocupas de lo que te corresponde y no molestas a nadie. Mañana me iré al continente —prosiguió—. Me estableceré en un lugar de oración cerca de Lisle, en un convento como lo llama la gente. Allà estaré tranquila y podré dedicarme al estudio de los dogmas de la iglesia católica romana. Si decido, como preveo ahora, que se trata de un sistema que asegura el orden y la decencia, abrazaré la doctrina de Roma y, probablemente, tomaré los hábitos.
No expresé sorpresa por su decisión ni intenté disuadirla en modo alguno. «La vocación te va como anillo al dedo —pensé—. ¡Que te aproveche!»
Cuando nos separamos, me dijo:
—Adiós, prima Jane. Te deseo lo mejor. Sensatez no te falta.