Jane Eyre

Jane Eyre

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Dediqué un rato a recorrer el paseo, pero de repente llegó hasta mí un sutil aroma —el olor de un cigarro— que conocía muy bien, y vi que la ventana de la biblioteca estaba entreabierta. No quería ser vista, así que me fui al huerto. No había lugar en los campos mas acogedor y hermoso que este pequeño jardín del Edén, lleno de árboles y perfumado por la intensa fragancia que esparcen al aire las flores. Un muro muy alto lo separaba del patio por un lado, y por el otro una hilera de hayas marcaba el inicio del prado. Al fondo, había una valla hundida, la única señal que indicaba el paso a los campos solitarios, y un sendero serpenteante, bordeado de laurel, que conducía hasta un enorme castaño de Indias con un banco en torno a la base. Aquí era posible deambular sin que nadie te viera. A esa hora en que el rocío derramaba su miel, era tal el silencio y tan profunda la oscuridad que envolvía el entorno, que por un momento temí que esas mudas sombras me abrazaran para siempre. Sin embargo, al alcanzar los parterres de frutas de la parte más elevada del recinto, hechizada allí por la luz que la luna naciente proyectaba en este lugar más libre de vegetación, detuve de nuevo el paso, no debido a un sonido, ni por haber visto algo, sino, una vez más, a causa del aromático aviso que flotaba en el aire.



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