Jane Eyre
Jane Eyre Ya hacía rato que las minutisas, los jazmines, los claveles y las rosas habían realizado el sacrificio nocturno que perfuma la atmósfera. El olor que noté entonces no era el de una flor; procedía —estaba segura— del cigarro del señor Rochester. Miré alrededor, y agucé el oído. Vi árboles cargados de frutos. Oí el canto de un ruiseñor a lo lejos. No distinguí ninguna forma en movimiento ni llegó hasta mí el menor rumor de pasos, pero el aroma se tornó más penetrante. Debía huir. Pero cuando corría hacia una portezuela que llevaba al bosque vi que el señor Rochester entraba por ella. Me escondí en un recodo cubierto de hiedra, pensando que él no estaría mucho tiempo: pronto regresaría por donde había venido y yo habría pasado inadvertida.
Pero no, al parecer la tarde era tan agradable para él como para mí y en este antiguo jardín se sentía tan a gusto como yo. Deambulaba por él: alzaba las ramas de un grosello para ver las frutas, grandes como ciruelas; cogió una cereza del árbol que crecía junto al muro; se detuvo delante de un macizo de flores, ya fuera para aspirar su fragancia o para admirar el brillo que el rocío dejó en sus pétalos. Una mariposa que antes revoloteaba cerca de mí se posó entonces sobre una planta a los pies del señor Rochester. Él la vio y se agachó para observarla.
«Ahora que está de espaldas a mí —pensé— y distraído, podré escabullirme sin ser vista.»