Jane Eyre
Jane Eyre Y así, procurando pisar sobre los trozos de turba para que el sonido de los pies sobre las piedrecitas no delatara mi presencia, emprendí la huida. Él parecía enfrascado en la contemplación del insecto. «Puedo lograrlo», me dije. Cuando cruzaba sobre la alargada sombra que la luna reflejaba en el jardín, dijo tranquilamente sin darse la vuelta:
—Jane, acérquese a ver a esta compañera.
Yo no había hecho ningún ruido; él no tenía ojos en la espalda… ¿Acaso su sombra estaba viva? Al principio me sobresalté, pero luego fui hacia él.
—Mire sus alas —dijo—; me recuerda a un insecto de las Indias Occidentales, uno que no suele verse en Inglaterra, al menos con un tamaño tan grande y colores tan alegres. ¡Vaya! Se ha ido.
La mariposa había emprendido el vuelo. Yo también hice ademán de retirarme, pero el señor Rochester me siguió y, cuando llegamos a la portezuela, me dijo:
—Quédese. Es un pecado meterse en casa en una noche como esta, y estoy seguro de que nadie puede acostarse precisamente ahora, cuando, solo durante un instante, se dan cita el sol y la luna.