Jane Eyre
Jane Eyre Pese a que suelo tener facilidad de palabra, hay ocasiones en que soy absolutamente incapaz de improvisar una excusa. Es uno de mis defectos, y suele darse justo cuando más necesito ese pretexto plausible para escapar de alguna situación embarazosa. No me atraÃa la idea de dar un paseo con el señor Rochester a esas horas en un huerto poblado de sombras, pero no se me ocurrió nada que justificara el hecho de irme. Le seguà con el paso vacilante y el pensamiento empeñado en pergeñar una salida digna; sin embargo, su aspecto era tan serio y sosegado que de repente me sentà avergonzada de mis temores: el mal —si es que habÃa alguno— habÃa que buscarlo en mà misma. Él se mostraba abstraÃdo y sereno.
—Jane —prosiguió cuando llegamos al paseo salpicado de laurel y descendimos en dirección a la valla hundida y el castaño centenario—, Thornfield es hermoso en verano, ¿no cree?
—SÃ, señor.
—Una persona como usted, sensible a la belleza y de natural afectuoso, debe haber llegado a sentir un cierto aprecio por la casa.
—Es cierto, señor.
—Y, aunque el hecho escapa a mi comprensión, parece haber desarrollado un cierto cariño por esa bobalicona de Adèle, e incluso por la inocente señora Fairfax.