Jane Eyre
Jane Eyre —Muy pronto, mi… quiero decir, señorita Eyre. Recordará, Jane, que la primera vez que le sugerà la posibilidad de poner mi cuello de soltero en el tajo sagrado del matrimonio, de abrazar contra mi pecho a la señorita Ingram… alguien a quien, por cierto, no resulta fácil abarcar, aunque eso no importa: uno nunca se cansa de un ser tan exquisito como mi hermosa Blanche… Bien, como iba diciendo… ¡Haga el favor de escucharme! No me diga que vuelve la cabeza en busca de más mariposas gigantes… Eso de ahà no era más que una mariquita huyendo del hogar. Deseo recordarle que fue usted quien me dijo, con la discreción, buen ojo, prudencia y humildad que corresponde a su posición de empleada responsable y que tanto aprecio en usted, que, en el caso de que me casara con la señorita Ingram, tanto usted como la pequeña Adèle debÃan desaparecer de la casa. Prefiero ignorar la velada crÃtica sobre el carácter de mi amada implÃcita en ese comentario; en realidad, cuando no la tengo cerca, Jane, trato de olvidarla: me concentro solo en la sabidurÃa de ese consejo, que me dicta la forma correcta de proceder. Adèle debe irse al colegio, y usted, señorita Eyre, necesita una nueva colocación.
—SÃ, señor. Pondré un anuncio de inmediato. Mientras tanto, supongo que…